La mancha y culpa del pecado y la solución- Salmo 51


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¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su lugar santo? Sólo los de manos limpias y corazón puro. Salmo 24:3-4a.

Leí muchas veces este pasaje y me sentía tan mal. Pensaba: yo no, yo no puedo entrar en el lugar santo de Dios, mis manos están sucias y mi corazón peor. Vivía en una lucha constante con el pecado y la mayoría de las veces perdía la batalla. Entonces cuando leía versos como los del Salmo 24 se me destrozaba el corazón porque sentía que no me podía acercar a Dios. Me decía a mí misma y al Señor que iba a tratar más, que me iba a esforzar más, que iba a limpiar mis manos y mi corazón y que algún día lo lograría, estaría limpia y me podría acercar a Él. Pero eso mas bien me trajo frustración y tristeza. Porque no podía, trataba y trataba de todo corazón y con la mejor intención de no ensuciarme con el pecado, pero me parecía imposible. ¿Cuántas veces le iba a pedir perdón a Dios? ¿Cuántas veces iba a romper mis promesas de no fallarle? ¿Cómo podía enfrentarlo?

Muchas veces nos ensuciamos con el pecado y sabemos que tenemos que pedirle perdón a Dios, pero también sabemos que Él es un Dios santo, entonces antes de pedir perdón hacemos planes y formamos estrategias. No voy a hacer esto o aquello, voy a portarme bien unos días y Dios va a ver lo arrepentida que estoy, entonces luego le pido perdón, pero antes no, ¿con que cara?

Pero estamos equivocadas.

Hace como dos semanas manche unos pañitos de mi cocina con salsa de tomate para pasta. Te tengo que confesar que todavía los tengo sobre la lavadora porque se me ha olvidado comprar un líquido que es especialmente para quitar manchas de salsa de tomate. Si las lavo sin ese desmanchador me quedan con una sobra roja por la salsa, me ha pasado antes.

Cuando nosotras tratamos de limpiarnos las manos y el corazón para poder ir a Cristo, es como tratar de quitar una mancha de salsa de tomate con detergente regular. No se puede. Jeremías 2:22 dice: Por más jabón o lejía que te pongas NO PUEDES limpiarte. Aun puedo ver la mancha de tu culpa. ¡Yo, el Señor Soberano, he hablado!

¿Tienes las manos sucias? ¿Te sientes culpable? ¿Quieres ser limpia? Ven y te cuento dos cosas.

Numero uno: no puedes limpiarte. No trates porque no puedes. No hay nada que puedas hacer tu solita para limpiarte. No hay nada que puedas hacer a tu manera para presentarte ante Dios con las manos limpias.

Numero dos: Cristo puede y quiere limpiarte. ¿Sabes qué? Él quiere bañarte con sus propias manos y con mucho amor. Déjame y te cuento.

Unos de mis pasajes favoritos cuenta en una hermosa analogía como Cristo nos encuentra tiradas en el piso llenas de sangre, o sea sucias*. Luego con todo su amor y cariño nos recoge y nos baña, nos limpia la sangre, y no solo eso, sino que también nos frota la piel con aceites. Ezequiel 16 demuestra como Dios siempre tiene deseos de limpiarnos y restaurarnos. A parte de que nos limpia, nos frota la piel, o sea sana las heridas que muchas veces nos deja el pecado.

Sin confesamos a Dios nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. 1 Juan 1:19. Estudios biblicos para mujeres, devocionales cristianos para mujeres. Como dejar el pecado. Cristo nos limpia de toda maldad. Salmo 51 Crea en mi oh Dios un corazon limpio. Cristo murio por pecadores. Devocionales cristianos

El enemigo trata de distraernos haciéndonos pensar que primero tenemos que limpiarnos para ir a Dios o nos susurra,¿Pero cuantas veces te va a limpiar Dios? ¿Hasta cuando? Pero eso es solo una estrategia que él usa para mantenernos lejos del Señor. Me fascina como traduce 1 Juan 1:9 una versión de la Biblia que encontré: "Si confesamos a Dios nuestros pecados, podemos estar seguros de que ha de perdonarnos y limpiarnos de toda maldad, pues para eso murió Cristo". ¡Para eso murió Cristo! Sí, murió para salvarnos y también para santificarnos. En la obra del Calvario Cristo nos limpió del pecado original que heredamos de Adan, y ya salvas Él empieza un proceso de santificación y parte de ese proceso es limpiarnos cuando confesamos nuestros pecados. Dios nos va a limpiar las veces que sea necesario, las veces que vengamos a Él con un corazón arrepentido y humillado. Lo hará porque nosotras mismas no podemos limpiarnos y porque es el deseo de su corazón limpiarnos para eso murió Cristo.

David confesó: Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré mas blanco que la nieve. Crea en mí, Oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mí... y haz que esté dipuesto a obedecerte (Salmo 51:7,10,12b). El Salmista entendía que solo el Señor podía limpiarlo, que dependía totalmente de Dios para serle fiel y obedecerle. Tú, Señor, purifícame. Tú, Señor, límpiame. Yo no puedo. Solo tu puedes lograrlo.

Si te has ensuciado con el pecado lo primero que tienes que hacer es correr al Señor con un corazón arrepentido y pedirle perdón y que te limpie. Dile: Amado mío, he pecado contra Ti, me he ensuciado con el pecado, perdóname y vengo a Ti para que me bañes, pasa tus manos por cada una de las áreas en mí que se han manchado y lávame. Límpiame y seré limpia. Borra cada una de las marcas que el pecado ha dejado para entonces poder presentarme delante de Ti limpia y sin manchas.

¿Crees que tu Amado te dirá que no? ¡Muchacha! Si hasta entregó su vida por ti precisamente para eso – para limpiarte y tenerte a su lado.

* En muchas ocasiones en las Escrituras la sangre es símbolo de impureza, suciedad, pecado.


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